Siempre he admirado y hasta envidiado a aquellas personas que tienen muy claro a qué quieren dedicar su vida. Desde edad muy temprana he visto cómo buena parte de mis amigos se decantaban con determinación hacia estudios y carreras muy específicas.

A ciencia cierta, no sabía si elegían sus profesiones atendiendo a que estuvieran bien remuneradas o bien vistas socialmente o porque era lo que realmente les apetecía hacer. El caso es que me daba la impresión de que no albergaban espacio para la duda. Y eso me desconcertaba respecto a mí mismo, ya que a esa edad nunca tuve demasiado claro cuál era mi vocación.

A la psicología llegué de la mano de las inquietudes que reinaban en casa durante mi adolescencia. Despertares de conciencia y experimentación constante de mis padres en unos años en que el país abría puertas y ventanas a nuevas ideas y conocimientos, dejando atrás tantos años sombríos de ostracismo en los que el librepensamiento estaba mal visto.

Nada más licenciarme en psicología fui reclutado en la facultad con una beca de investigación y posteriormente contratado como profesor asociado. Son años que recuerdo con mucho cariño y con el tiempo me he ido dando cuenta de que la docencia es una de mis grandes pasiones.

Pero los ancestros pesan y la insistencia de mi padre para que me uniera a él y lo apoyara en la conducción de la farmacia hicieron que finalmente me animara a estudiar esta carrera, cuyos estudios finalicé en 2003 licenciándome con el mejor expediente académico de mi promoción.

Todo este recorrido académico ha enriquecido significativamente la visión que hoy tengo de mi profesión.

La oficina de farmacia es un establecimiento sanitario de primera línea que las personas sienten muy próximo. Y por ello puede ser el vehículo ideal para una intervención efectiva sobre la salud, entendida ésta en último término como un camino hacia el bienestar integral del individuo y de su entorno.

Como farmacéutico, es mi responsabilidad velar por el buen uso de los medicamentos y los problemas asociados a los mismos, informando y aconsejando a las personas que los usan, y dando respaldo al resto de profesionales que conforman nuestro sistema sanitario.

Pero como psicólogo y desde un punto de vista más humanístico, estoy convencido de que más allá de una sintomatología y, en último extremo, de la enfermedad y del dolor, debemos ocuparnos de la vivencia que la persona tiene de su estado de salud y, en definitiva, de su sufrimiento. Y no es menos importante encaminar nuestros esfuerzos a despertar la conciencia de ésta para que sea más partícipe y responsable de su salud.

Por último, mi vocación docente me impulsa a hacer de la farmacia un centro de divulgación de conocimientos y formación en hábitos saludables, acción a desarrollar tanto desde la privacidad del mostrador como saliendo fuera de la farmacia a través de actividades públicas en nuestro entorno más próximo.

Me considero muy afortunado por las oportunidades de las que he dispuesto y es mi responsabilidad aprovecharlas para, en clave de gratitud, revertirlas en el bien de los que me rodean. Cada día estoy más convencido de que mi prosperidad está estrechamente unida a la de la sociedad en la que vivo.

Y la farmacia me ofrece una vía sin igual para lograr este propósito de bien común…